EL LAICO AMIGONIANO - CAMINO SINODAL

El laico Amigoniano en el camino sinodal

Este camino que ahora se ha revivido se muestra como un nuevo despertar en lo que respecta al laicado, un despertar en compromiso y reciprocidad que da un nuevo aire a las realidades eclesiales que experimentan en muchas partes del mundo un invierno en el que la figura del laico se viene reforzando y consolidando.

Este resurgimiento del laicado se refuerza aún más con las palabras del papa Francisco que en el 2016 en su carta al cardenal Ouellet dice, “es la hora de los laicos, pero parece que el reloj se ha parado”. No es de extrañar que esto sea así, porque durante siglos, el modelo eclesial piramidal, mantuvo la pasividad del laicado:

…el laico es el que no es clérigo; el que no es religioso; el que no es sacerdote; el que no tiene potestad en la Iglesia; el que no enseña, sino que aprende; el que no es activo, sino pasivo; el que no da, sino que recibe; el que no manda, sino que obedece; el que no ejerce funciones sagradas, sino profanas; el que no vive para Dios, sino para el mundo; el que no pertenece a ningún estado de perfección, sino que se esfuerza penosamente por su salvación.

De ahí que el Concilio Vaticano II propuso una nueva manera de concebir al laicado, definiéndolo en positivo: “Por el nombre de laicos se entiende aquí todos los fieles cristianos, a excepción de los miembros que han recibido el orden sagrado y que están en estado religioso”. Esta definición podría haber transformado el rostro eclesial si se hubiera puesto en práctica con todas las consecuencias. Sin embargo, todavía se ve la distancia entre lo que debería ser el laicado y lo que realmente es.

Esta visión positiva del laicado viene del Bautismo, sacramento fundamental en la vida de la Iglesia, mediante el cual todo el pueblo de Dios participa del sacerdocio, profetismo y reinado del mismo Cristo. El bautismo otorga la dignidad fundamental de hijos e hijas de Dios a todos los miembros de la Iglesia. Pero, en la práctica esto implica mucho más. No basta con reconocer esa dignidad fundamental, sino que se necesita que su voz sea tenida como imprescindible en la marcha eclesial y esto es lo que todavía no se logra transformar. Ahora bien, no hay razones teológicas que lo impidan. Precisamente la Lumen Gentium afirma que, la universalidad de los fieles, tienen la unción del Espíritu Santo y por eso “desde el obispo hasta los últimos fieles seglares manifiestan el asentimiento universal en las cosas de la fe y de costumbres”. Así mismo, en la Conferencia de Aparecida, el discipulado misionero que se postuló en orden a la dignidad fundamental que otorga el sacramento del bautismo sustentó la petición de que “los laicos participen del discernimiento, la toma de decisiones, la planificación y la ejecución”.

Por tanto, para que sea posible vivir la sinodalidad desde la perspectiva del laicado, es necesario “que se reconozca la primacía del sensus fidei, ejercitándolo como sensus fidelium en la totalidad o conjunto de los bautizados”. Por supuesto esto no implica negar la distinción entre laicado y jerarquía, donde esta última mantiene la primacía, pero no la única palabra:

La unidad de ambos no viene dada por la homologación en el modo de ejercer dicha función, sino por la necesidad de contar con ambos sujetos para lograr un auténtico consenso eclesial – o consensus omnium fidelium – que sea fruto del sensus fidei totius populi en el que todos los sujetos eclesiales – esa totalidad de los fieles – están involucrados a la luz del principio de la singularis antistitum et fidelium conspiratio. Este proceso es fruto de un crecimiento en la vida comunitaria de la fe, la cual supone el ejercicio de una conciencia comunal del acto de fe que va constituyendo a esa totalidad de los fieles en pueblo de Dios.

Con todo lo dicho hasta el momento nosotros los laicos Amigonianos estamos llamados a tener voz activa en nuestras comunidades, pero también ejercer una escucha activa donde sea posible la reflexión, el pensar, el evaluar y el discernir para llegar consensos colectivos.

Para llegar a ser de verdad una comunidad que camina junta. No es suficiente tener como referencia el sínodo, tenemos que ser sínodo. Tenemos que buscar siempre la corresponsabilidad, porque el caminar juntos no puede acaecer sin la corrección fraterna que purifica de los errores y nos hace avanzar. No podemos ser convidados de piedra, sino que tenemos que participar como miembros en pleno derecho de la vida de las congregaciones, las provincias y las comunidades. Los laicos Amigonianos estamos llamados a expresarnos y a hacer sugerencias. No solo deben ser acogidos, también deben ser escuchados. Este es el rumbo marcado por el Concilio Vaticano II. La tarea es ver más allá.